Prólogo
Todavía me queda Lebasí
La vida de todos comienza por la infancia, la poesía de todos es de alguna manera el recuerdo de esa infancia, hay muy pocos afortunados que escapan del recuerdo y hacen del lirismo una manera de vivir, todos o casi todos empezamos escribiendo de una nostalgia, y el lirismo nos brota como un grito sordinado con palabras, sólo en contadas ocasiones el lirismo se interioriza tanto que es difícil descubrir en él lo que es poesía y lo que es vida real, no vida recordada: eso le ocurre a Miguel, y lo demuestra con su penúltimo libro Lebasí. A Lebasí lo hace comenzar Miguel Ángel Villar, con un testamento y en él nos lega su más importante bien, su gran herencia, la casa solariega en las brumosas rías gallegas, el caserón árabe de cal y adobe en un viejo barrio de Córdoba, su habitación llena de luz y azahar en la Cava de los Gitanos de Triana, su rincón de salitre y sol en una playa de Huelva, su palmera en el paseo de los poetas mirando al río; nos lega los confines de los sueños, así de entrada Miguel nos lega la «palabra». Pero Miguel nos hace
en ese testamento un pequeño engaño, se guarda para sí el resto, se guarda para él a Lebasí y se lo guarda porque una brizna de terror se le agolpó en el pecho, y un esputo de esparto le atravesó la garganta, ahogando las palabras, un miedo ciego a perder, a perderla, le hace silenciar el no pasarán en la propia mente, porque no tiene sentido dejar que lo que la impulsa se escape a borbotones como el agua entre las manos.
Conocí a Lebasí, una tarde en la Casa de las sirenas, después del ejercicio nostálgico de una revista hablada, digo ejercicio nostálgico porque en la alborada del siglo veintiuno, resulta increíble o por lo menos anacrónico que algunos defensores a ultranza de la modernidad, dejen el chatear en el ordenador para volver a la década del setenta, y realizar una revista hablada, cosas de locos encantadoramente nostálgicos.
Dije conocí a Lebasí, podría decir arrebaté de las manos de Miguel los folios de Lebasí. Los dos primeros poemas me impactaron, volví a leerlos e impulsivamente le dije, preséntate a un premio. Eran y son dos poemas llenos de lirismo y filosofía del mismo tipo de los que hace años me sorprendieron en su libro Muñecos de barro, me desencanté un poco al seguir leyendo cuando vi que cambiaba la
línea y se hacía íntimo, cotidiano, mostraban sus versos al Miguel amigo de los silencios, al Miguel familiar, al enamorado de Lebasí, al más auténtico, al que menos disfraza con palabras los sentimientos. Viajé por el libro intentando aquilatar si el yo lírico en Miguel, asediado por un miedo, había roto las cadenas y nos enseñaba por primera vez un sentimiento amoroso, abierto, libre, sin filosofía. A Miguel se le escapan los versos por un resquicio sangrante, se le escapan los versos como un canto de alegría, como un ejercicio de nostalgia; se llena la poesía de Miguel de un diálogo imposible con Lebasí ya que Miguel pregunta y Miguel contesta, y se llama y la llama compañera de barca por el camino de la vida y se hace fuerte remero cuando Lebasí flaquea, se hace palabra cuando calla, porque con Lebasí Miguel se transfigura, se transforma, y es Lebasí también, porque es nada y al mismo tiempo todo, el todo de una historia común y se aferra a esa historia para crearla de nuevo, para hacer una nueva historia de silencio y de ternura, de llama en los cristales, de preguntar sin preguntar, de pena dentro cubierta de polvo, de soledad compartida, de ese primer sol que entra por la ventana y calienta la casa, de un milagro porque un milagro es la vida, y a tientas, y sin voz, vive vida donde reside el otoño de las calles mojadas, porque ya son los otoños de Lebasí y de Miguel nuestros propios otoños.
Si a estas alturas no conocéis a Lebasí, preguntadle a Miguel que es el que más la conoce, el que más os puede hablar de ella, y nos lo dice detrás de la sombra un punto de luz.
Miguel, como dije al principio, hace testamento y nos lega la palabra, Miguel en él, nos lo da todo y ahora se desnuda de sentimientos y nos escribe otro testamento después de la tormenta, después de la marejada del miedo, del dolor compartido, y hace testamento en Lebasí para revivirla de nuevo, para crearla. Lebasí canta.
Ahora podría desmenuzar el verso, hablar de asonancias, de destrucción de la medida, de versos difícilmente casables por su número de sílabas, de metáforas poco originales, de alguna cacofonía, de versos rotos por algún acento prosódico; ahora podría, pero resulta imposible. Lebasí canta y su canción es tan líricamente auténtica que lo demás no importa.
Lebasí... canta.
Benito Mostaza
Algunos Poemas:
MI PALABRA
Al que aterido
duerme sobre el suelo
sin que las miradas
le ofrezcan calor
y ve pasar la luz
y se envuelve con las sombras.
Al que alegre
lleva la vida en el cuenco de la mano
y no arranca rosas y amapolas.
Al que adivina
los confines de los sueños
cuya esperanza es el presente.
Al que nada tiene
y poco quiere,
a ese lego mi palabra.
TU PALABRA
Y tu palabra me ahonda
la mente y el pecho.
Me hablas y se abren las rosas,
me sonríes y me cala el roció.
Tu palabra inunda como el cauce
de un río en la crecida.
Soledades, soledad.... a solas.
Cuando callas me pierdo
en un laberinto sin salida.
Callas y tus ojos gritan
desgarrando el espacio quieto.
Soledades, soledad.... a solas.
La fresca voz se remansa
en el cobijo de mi brazo,
huyen los fantasmas
y las oscuridades
para crear el encanto,
brilla una estrella en tu cama
y permaneces quieta,
infinitamente quieta
en el cuenco de mi mano
para que lea el poema de tu piel
y adivine el enigma de tu vientre.
Soledades, soledad.... a solas.
MADRUGADA
Con ojos cargados de recuerdos
te miro Lebasí,
cuando apoyas tu tiempo de plata
en mi hombro
viendo llegar la intima madrugada,
me regocijo
sintiéndome depositario de tus años
soy feliz
cuando provoco el fluir de tu sentimiento
y me pesa
tener la mano vacía, sin aquel regalo.
El punto de luz
que se diluye entre los huidizos días.
No busco ya la palabra,
sólo persigo el gesto
que resuma la vida,
que te haga saber,
aún en mi ausencia,
la eternidad en tí,
por tí,
yo.